La formación debe permitir el desarrollo humano integral para abarcar todas las posibilidades de crecimiento personal. Por lo tanto, comporta la educación continuada de las capacidades, las habilidades y los recursos intelectuales, físicos, emocionales y morales. Esto es lo que permite el crecimiento personal de cada individuo, es decir, las convicciones y creencias funcionales en un ideal de sociedad, e integra la conducta colectiva o de grupo, el comportamiento social y los valores deseables.
Cuando se habla de la formación moral, muchas veces se hace con conceptos como por ejemplo deportividad, fairplay o espíritu olímpico. Bajo estos términos se agrupan una serie de actitudes y de valores generalizables y aplicables a la vida personal y social de los ciudadanos.
Asimismo, el deporte es una de las actividades de ocio preferidas por los jóvenes. Es su centro de interés personal e individual, y, a la vez, en sus relaciones sociales y colectivas, acontece un fenómeno global de indudable poder mediático y, por lo tanto, socializador.
El deporte también tiene un gran potencial pedagógico. Los valores del civismo y la ciudadanía, y también sus contravalores, quedan perfectamente ejemplificados en la actividad y los espectáculos deportivos.